Una dulce apertura
September 7th, 2007 by Jaelyn
Con la intención de tener mi propio negocio hace meses comencé averiguar que se requería para instalar una tienda de dulces. Sabía repostería y quería poner en práctica lo que había aprendido. Lo de la cocina fue algo que siempre me gustó de niña, creo que uno nace con ciertas habilidades que en el transcurso de la vida las va perfeccionando. Era de las que ayudaba a mi mamá a preparar los pasteles, penecillos o galletitas en forma de mis personajes favoritos. Cuando fui creciendo, en mi casa se dieron cuenta que era buena para la cocina, mi especialidad los postres y dulces. Siempre aprovechaba cualquier oportunidad: cumpleaños, fiestas o reuniones para mostrarle a mi familia mi excelente gusto culinario. Ellos quedaban fascinados al probar mis postres, a los cuales siempre les ponía algo especial que los hacía diferentes a los demás. A pesar de que sabía de cocina, lo que aprendí de ella fue a través de libros que mi madre me regaló. Necesitaba pulir mis conocimientos, entonces le pedí a mi madre que me matriculara en curso de cocina. El día que se lo pedí habló con mi padre sobre la idea, él no estaba muy convencido, pero creyendo que mi gustó por la cocina era cosa de adolescente, estuvo de acuerdo. A la mañana siguiente mi madre me inscribió en una Escuela de Cocina. En ese lugar aprendí demasiado, mis conocimientos básicos de cocina y pastelería se hicieron más exquisitos, además gozaba de un especial toque de sabor, me gustaba experimentar. De todos mis intentos de mezclar ingredientes obtuve un delicioso postre. Cuando terminé ese curso, conocía de Cocina francesa, Cocina de Autor, Cocina en Miniatura y Escultura Vegetal. Además de la elaboración de diferentes postres mediterráneos: en miniatura, de Autor, infantiles, diseño y modelado del azúcar, helados y sorbetes. Mi padre tenía la intención de ponerme a estudiar en una universidad, pero mis gustos adolescentes por la cocina, sobre todo la pastelería, como él decía no pasaron. Comencé a buscar lugares donde poner en práctica lo aprendido esos años y después de trabajar en un tienda de dulces, me decidí a poner una. Lo único que necesitaba era capital, pensé en pedirles prestado a mis padres, con el dinero que yo había ahorrado no alcanzaba. Un día yendo de compras me encontré con una compañera de la escuela, ella también tenía inclinación por la pastelería, hablamos por un buen rato. Le conté sobre mi idea y de mi falta de dinero para llevarla cabo, ella me dijo que tenía dinero horrado y que si no era problema podíamos empezar ese negocio juntas. Era una buena opción, “ya no molestaría a mis padres”, pensé. Entonces acepté.Lo primero era saber con cuanto dinero contábamos, no era mucho pero si suficiente para alquilar un lugar, amueblarlo y empezar con la elaboración de nuestros primeros pasteles.Estuvimos buscando lugares de alquiler, tenía que estar en una zona céntrica y vistosa, además no ser muy grande todavía estábamos empezando. Después de revisar lo periódicos, dimos con una tienda en Chamberí. Tenía todo lo que queríamos, estaba ubicada en una zona comercial cerca de
la Plaza y el metro. Llamamos al agente y quedamos en ir al día siguiente. Fuimos al lugar y nos pareció adecuado, firmamos los papeles y listo. Nos faltaba ver lo de los permisos, de eso se encargo ella y yo de comprar lo muebles, artefactos y accesorios de pastelería. Cuando lo de los permisos estuvo listo, nos dedicamos a colocar los muebles en su lugar, en la parte de la entrada pusimos un pequeño toldo con adornos de greca al final. En el recibidor pusimos un aparador de madera, unos estantes en la pared y unas mesas y sillas para las personas que decidan probar nuestros dulces en la tienda. Los muebles eran todos de madera para que le dieran un ambiente acogedor a la tienda, para que nuestros clientes imaginen estar en la tranquilidad de su hogar. Los manteles tenían diseños de pequeños cuadros, como los que usan para las comidas en el campo, sobre el aparador habíamos colocado unas cestas con manteles cubriéndolas. El color de las paredes era de un tono pastel y contrastaban con los manteles. En la puerta colgamos una campanita, regalo de mi abuela, la parte de atrás estaba compuesta por todos los artefactos, electrodomésticos de pastelería y una mesa grande en medio. Como en la parte de adelante al costado de las puertas había dos vidrieras, les colocamos unas cortinas de un color más suave que el de los manteles, fáciles de recoger para cuando abriéramos el lugar. Dejamos para el final el nombre las dos lo pusimos juntas: Le Doux. Colocado el nombre en el toldo, cerramos todo y no retiramos, al día siguiente era la inauguración. Llegué a casa me di un baño y me acosté. Esa noche paso rápidamente, los primeros rayos de sol me despertaron. Me levanté, bañé, desayuné y fui a la tienda. Allí me encontré con mi amiga, empezamos la preparación de los dulces y toda clase de postres. Para la tarde todo estaba listo. Abrimos la tienda, nuestros conocidos fueron los primeros clientes, pero poco a poco otras personas fueron entrando, algunas que salían del cine, otras venían de la plaza o tal vez bajaban del metro. Ese día fue un verdadero éxito, la pasamos de maravilla aunque fue muy agitado también. Así fue como con un capital suficiente y determinación alquilamos una tienda y pusimos en marcha nuestros sueños. Además allí pude preparar mi dulce experimento, el más pedido por los clientes.
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