Un huésped no tan deseado en casa
January 9th, 2008 by Jaelyn
A todos nos ha pasado alguna vez que hemos tenido que hospedar a algún pariente o amigo en la casa, cosa que a muchos parece normal e incluso acostumbran hacerlo por una cuestión de filantropía o desesperadas ansias por acabar con la aburrida soledad, eso normalmente sucede cuando en casa manda la madre y esta fundida ya en esa etapa en que los años pesan.
Tener a un huésped en la casa, sea por la razón que sea, es agradable e incluso divertido durante los primeros días de sus estancia, pero con el pasar de los días y mientras esa prometida estancia de tan solo unos días se va extendiendo para convertirse en semanas e incluso meses, la buena idea de aceptar hospedarlo se va convirtiendo en una pésima decisión recalcada firmemente por los demás integrantes de la familia. La situación se agrava aún más cuando el huésped es una persona totalmente irritable e insoportable, cuando altera tu ritmo de vida, tus formas y costumbres de hacer o no hacer las cosas en tu propia casa o peor todavía, cuando testarudamente intenta cambiar tus maneras aconsejándote porque te estima demasiado o porque le has llegado a caerle bien y entonces la capacidad de tolerancia se termina y lo único que piensas es cuando se va de aquí.
Algo parecido me pasó hace un tiempo en casa, mi esposa invitó a pasar unos días a su amiga Vicky porque su casa estaba en remodelación y estaba buscando una nueva casa para comprar, ya que su remodelada casa la pondría en venta por ser demasiado grande para ella sola. Yo acepté con ánimos de no buscar discusión, imaginé que una mujer desconocida en la casa podría ser agradable, no por el hecho de intentar seducirla ni mucho menos, sino porque sería una novedad, habría nuevas cosas de qué charlar, nos ayudaría con las cosas de la casa e incluso funcionaria de seguridad mientras ambos estemos trabajando –resulta que la amiga no trabajaba hace un par de años porque vivía de una mensualidad que sus padres le enviaban desde Barcelona-, pero me equivoqué. La noche en que llegó a la casa y antes de dormir mi esposa me dio una serie de indicaciones que al principio no les tomé importancia, pero que luego me las tomé muy en serio. Me advirtió que debía cambiar mis modales, mejor dicho que debería mejorarlos, que debería tener más cuidado en mi forma de hablar, que no haga mucho ruido los sábados porque ella dormía hasta tarde, que no dejará entrar al perro mientras este ella con nosotros porque era alérgica a los pelos de los animales, que no este viendo fútbol en las noches porque ella se aburriría, que no coma en exceso por era de mal gusto, que no ande medio desvestido los fines de semana, que no utilice la sección de modas del diario para rellenar los tachos de basura porque a ella le gustaba esa lección, y tantas más indicaciones que no logré escuchar por completo, no sé si por lo absurdas que me parecían o porque el desinterés que me acogía también me hacia acoger el sueño y caer en uno profundo.
Durante los días siguientes la convivencia fue insoportable. Tenia la cabeza llena de tantas indicaciones y sugerencias para que la huésped se sintiera bien, que cada cosa que hacia la pensaba infinidad de veces, sentía esa incomodidad que se siente cuando no estas en tu casa. Parecía que era yo el huésped y mi casa, su casa. A ella se le veía realmente cómoda y casi acostumbrada, utilizaba la ducha cuando quería, comía cuando quería, se sentaba en mi sillón preferido para ver la televisión cuando y cuanto tiempo quería e incluso me advertía cada vez que salía al patio con esa voz de capitán que ordena a marinero, que no dejara entrar al perro. La tortura duró tres semanas, nuca más he vuelto a dejar que alguien –sea quien sea- se hospede en la casa.
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